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La línea que une a Elon Musk con el CONICET: la inversión pública en Ciencia y Tecnología

En estas últimas semanas dos noticias relacionadas con el desarrollo de la ciencia y la tecnología nos han llamado particularmente la atención. La primera de ellas, la de mayor magnitud y difusión global ha sido el lanzamiento del Falcon 9, de la mano de una conjunción público-privada de esfuerzos (NASA y SpaceX) que dio como resultado la vuelta de Estados Unidos al espacio: específicamente los norteamericanos volvían a la Estación Espacial Internacional por medios propios después de 9 años.

Por Gabriel Balbo

Así Elon Musk, el excéntrico dueño de SpaceX, comenzaba a alimentar su sueño de llevar nuevamente humanos hasta la Luna e inclusive crear un servicio comercial regular hacia ese cuerpo celeste.

La otra noticia, más local y muy relevante por el particular momento que vive el mundo, la pandemia del Covid-19, tiene que ver con el lanzamiento de diferentes desarrollos locales de kits de detección de coronavirus hechos en Argentina. Los anuncios del CONICET (Instituto Leloir e Instituto Milstein) y de las universidades públicas de San Martin (UNSAM) y Quilmes (UNQ) son como una caricia en el alma de la comunidad científico tecnológica local: a pesar de todas las dificultades que representa la falta de medios adecuados para un desarrollo vernáculo sostenido, existen células vivas en el sistema.

Y vaya si están vivas y esperando una oportunidad para demostrar que por estos lares existen capacidades. A modo de ejemplo señalamos que el Neokit surgió de una colaboración público-privada (CONICET-Laboratorios Cassará) y se basó en estudios sobre enfermedades más propiamente locales, tales como el Chagas. Hoy este test y los restantes desarrollados se convierten en un factor de reducción de la dependencia nacional con respecto a las pruebas de Covid-19 (o SARS Cov-2 como realmente se denomina el virus).

¿Cuál es el hilo rojo que une estos dos hechos tan disimiles y alejados el uno del otro? Es la inversión que realizan los países en ciencia y tecnología (CyT).

La realidad marca que la magnitud de la inversión pública en Ciencia y Tecnología, más la contribución de los privados en la misma línea, es un indicador testigo de cómo las naciones crecen, se desarrollan, mantienen o mejoran su nivel de riqueza y bienestar de la mano de su evolución tecnológica. Y esa evolución tecnológica les brinda poder, autonomía y un horizonte de certidumbre mayor para afrontar las vicisitudes de la historia, sea una guerra, un terremoto o una pandemia.

Si consideramos el primer caso del Falcon 9, el más rutilante, donde se manifiestan las enormes sumas de dinero invertidas durante mucho tiempo, (y mucho tiempo es hablar desde el final de la Segunda Guerra Mundial, pero con una tradición que nos retrotrae aún más, hasta principio del siglo XX) podemos ver como Estados Unidos ha sostenido fuertemente la Ciencia y Tecnología como pilar principal de su poderío. Ese poderío llevó a que ganase a la Unión Soviética la llamada carrera espacial y (sobre todo) a colocar al modelo capitalista de producción y a los valores de las democracias occidentales en un nivel privilegiado de consideración. No solamente los estadounidenses alcanzaron el objetivo de llegar a la Luna antes que los rusos, sino que provocaron la caída de la antigua Unión Soviética. Como colateral, se logró nada menos que un desarrollo tecnológico global extraordinario que cambió nuestros hábitos, nuestra forma de comunicarnos, de trabajar, de producir, de relacionarnos, etc.

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