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Brexit, ¿fin o comienzo de la historia?

Hartazgo. No cabe otra palabra para los ciudadanos británicos que le dieron el último espaldarazo a Boris Johnson para que, finalmente, obtenga el 12 de Diciembre pasado la mayoría parlamentaria suficiente que le permitió aprobar el borrador acordado con Bruselas.

Por Pablo Kornblum

Tres años y medio de idas y venidas que desgastaron a ambas posiciones, pero sobre todo a los políticos ambiguos, quienes ya no encuentran asidero en la actual población global. Nunca más apropiada la frase ‘a los tibios los vomita dios’ para comprender a una ciudadanía cada vez más informada de las miserias y de la urgente necesidad de cambio. Aquellas que los gobiernos de Centro (tanto los progresistas como los conservadores), ya no les pueden brindar respuestas ni siquiera tranquilizadoras. Sino miremos quienes gobiernan en potencias como Estados Unidos, Rusia, China, el Reino Unido, o Brasil. Podemos hablar de su ‘relativo’ éxito en una diversidad de áreas, pero seguramente ‘pisan con mayor firmeza’ que los endebles Macron, Sánchez, Piñera o Lenin Moreno.

En este sentido, el sentimiento a favor del Brexit creció a raíz de la crisis financiera de 2008, cuando los trabajadores británicos se comenzaron a quejar con mayor fuerza por la pauperización en su calidad de vida. No culparon al capitalismo, ni siquiera a las políticas del gobierno del Reino Unido. Para muchos, la responsabilidad fue casi exclusiva de la Unión Europea (UE) y, especialmente, la migración de trabajadores comunitarios que ejercía presión sobre el empleo, la vivienda y los servicios sociales (a pesar de que la mayoría son jóvenes – a menudo solteros que subutilizan el sistema público -, que realizan trabajos de servicios mal pagos – hotelería, restaurantes, agricultura -, y ayudan a pagar las contribuciones de pensiones para los británicos que se encuentran jubilados).

En este aspecto, el “Take Back Control” (retomar el control) ayudó a construir una alianza política exitosa entre una gran parte de la clase obrera británica (cabe destacar que el trabajador promedio ha perdido 11.800 Libras Esterlinas en ingresos reales desde 2008), ideólogos conservadores críticos de la UE, nostálgicos de los días del Imperio que querían ver a “Gran Bretaña” operando más libremente en el mundo, empresarios – sobre todo industriales y del sector agrícola – que se encontraban molestos por las regulaciones y la competencia con otros mercados comunitarios, e incluso sectores de la izquierda que sostenían que la UE es parte de un entramado capitalista perverso.

Como contraparte podemos mencionar a los miembros del establishment, aquellas elites financieras y mediáticas que pronosticaban la ‘hecatombe del imperio’ fuera de Europa, donde se interrumpirían las cadenas de suministro, se pondría en riesgo relaciones comerciales cruciales, y se dañaría fuertemente la inversión en general. Sin embargo, la posición de los ‘brexiteers’ no cambió; menos aun cuando ninguno de los pronósticos agoreros ocurrieron: la economía británica continuó creciendo (es verdad que más tibiamente que previo al Brexit – levemente inferior al 2% -, pero sustancialmente mejor que, por ejemplo, bajo la crisis global de 2008-2009), y el país no se estrelló con destino seguro al abismo.

Para entender el porqué, hay dos variables que son fundamentales: por un lado, mientras algunos sectores de la economía se vieron (y verán) perjudicados, otros ya han comenzado a sentir algún suave viento de cola. Un ejemplo es la devaluación de la Libra Esterlina (el dólar se apreció de 1,70 a 1,30 por libra), la cual ya ha permitido incrementar exportaciones y sustituir importaciones de sectores previamente ‘poco competitivos’, en contraposición de la actual economía “rentista” que depende demasiado de su sector de servicios financieros y comerciales.

Nadie niega que el 57 % del comercio de bienes y el 40% de servicios del Reino Unido todavía son con la UE. Pero desde el día uno del referéndum los funcionarios técnicos, aquellos que se encuentran más allá de la ‘rosca’ política, comenzaron a trabajar arduamente buscando oportunidades en el resto del mundo. Pero ello no es de extrañar que China se encuentre lista para adentrar en el Reino Unido su nueva tecnología celular 5G de la mano de Huawei, que el presidente Donald Trump pretenda facilitar y acelerar un nuevo tratado bilateral de libre comercio, o que por ejemplo el mismo México, donde la inversión británica ocupa el octavo lugar, también haya mostrado interés y en agosto pasado acordó con el Reino Unido desarrollar una “ambiciosa” relación comercial bilateral.

Quien claramente ha perdido, aunque lo disimule detrás de una tristeza fraternal ante un futuro complejo con sus ahora ex socios, es la UE. Aquel club creado desde las cenizas de la post Segunda Guerra Mundial que deseaba demostrar unidad y capacidad de enfrentar, bajo la lógica occidental capitalista neoliberal que se avecinaba, sus condiciones de pelearles ‘palmo a palmo’ el dominio económico global a los Estados Unidos, Japón, y ahora China. Más de medio siglo después, el fracaso llega hasta el punto de intentar mantener al menos un acuerdo estilo unión aduanera (con aranceles y regulaciones fronterizas similares) y conservar algunos puntos del mercado único existente (como la libertad de movimiento de trabajo y capital, los derechos de los ciudadanos, etc.). Algo que el nuevo gobierno conservador de Johnson no tendría intención alguna de suscribir.

El otro factor es político-institucional. El Reino Unido fue la principal potencia del mundo hasta hace poco más de un siglo. Su lógica sistémica ha generado decisiones que han injerido en la vida política, económica y social dentro y fuera de sus fronteras, siempre bajo un hilo de cohesión y un norte nacional que va más allá de cualquier idea personalista que pueda mellar sus capacidades como potencia. Aunque constreñida en momentos de su historia reciente, lejos estamos de una implosión del imperio. ¿O acaso ustedes se imaginan, con lo trascendente que son las expectativas en economía, que un país cualquiera puede sobrevivir estoicamente más de tres años de incertidumbre previo a uno de los puntos de inflexión más importantes de su historia como Estado-Nación? Ni pensar lo que ocurriría por estos lares si pasará lo mismo…

A ello se adiciona que el británico, sobre todo el inglés, es un ser muy nacionalista. Sobre todo la clase media y los círculos obreros, aunque denostados desde Margaret Thatcher hasta aquí, aman su país. Johnson lo comprendió perfectamente y bajo el lema “Get Brexit Done”, logró arrasar en las elecciones combinando la salida ‘a como sea’ de una Unión Europea ‘enemiga de los intereses británicos’, y un apoyo a la asistencia social valorado por el hasta entonces indeciso votante de centro.

En cuanto a este aspecto del ser nacional, nos encontramos con el escenario difuso que implica el futuro puertas adentro del Reino Unido. Por un lado, la mayoría de los escoceses votaron para permanecer en la UE en el referéndum, mientras a su vez los nacionalistas obtuvieron una victoria arrasadora en las elecciones de diciembre; por ende, seguramente presionarán nuevamente por un segundo referéndum para la independencia, al estilo catalán. Probabilidad de éxito: casi nula. De la Reina Madre para bajo, de ninguna manera permitirán que 5 millones de escoceses (de los cuales medio millón son ingleses con derecho a voto) resquebrajen el imperio. Mismo es el caso de Irlanda del Norte, que además primero tiene que subsanar diferendos en diversas áreas institucionales entre los católicos pro europeos y los unionistas protestantes. Y en una temática tan compleja y determinante para su futuro, mejor es no reabrir heridas del pasado que pueden derivar en tensiones que pudieran salirse de control.

Finalmente y en cuanto al impacto en nuestro país, debemos estar atentos para comprender sobre que variables se puede trabajar, con algún tipo de injerencia, para sacar provecho del conflictivo Brexit descripto. Por un lado, es claro que no podemos sostener una lógica militarista – un camino inviable, por lo menos por ahora – donde nos encontramos a años luz de las capacidades del Reino Unido. Más aún si tenemos en cuenta que, ni con todos los dilemas que conllevó el Brexit se atrevieron a realizar un ajuste en la cartera militar: el presupuesto del Ministerio de Defensa Británico pasó de 37.100 millones de Libras Esterlinas al momento del Referéndum de salida de la Unión Europea, a los 41.300 millones de Libras Esterlinas para el próximo período fiscal 2020/2021.

Lo que si es factible es aprovechar en términos políticos, económicos y jurídicos, este momento de debilidad que provoca la incertidumbre en los Territorios Británicos de Ultramar, olvidados y ninguneados desde el día uno del referéndum de salida, y todavía sin respuestas concretas por parte del gobierno de Johnson. La libido de la agenda de los equipos técnicos negociadores definitivamente se centrará en la frontera irlandesa, para citar una prioridad, y no en los aranceles a la pesca que deberán comenzar a pagar los buques provenientes de las Islas Malvinas, hasta ahora exentos de cualquier tipo de imposición (que rondan entre el 6% y 18% para la pesca de los ‘no comunitarios’, según el tipo de especie). No es un tema menor, sino mayúsculo para los menos de tres mil habitantes de las Islas Malvinas: casi el 60% del valor agregado de las islas proviene de la industria pesquera, cuyo destino del 95% de sus exportaciones generadoras de divisas es la propia UE.

El otro punto clave para la continuidad de la política económica isleña (donde asienta sus capacidades diplomáticas), es el escenario petrolero. Como diría algún crítico teatral, es ‘la farsa que deriva en tragedia’: a los altos costos de exploración, desarrollo, y potencial explotación y producción, se le adiciona la incertidumbre de la viabilidad comercial y tecnológica, además de un escenario geográfico, climatológico y geopolítico sumamente adverso. Mismo los documentos oficiales de las propias empresas que operan en la zona indican que solo habría (en claro potencial y si se alinean todos los planetas) unos 3.000 millones de barriles de petróleo, sumado a una suma menor de gas condensado. Irrelevante en términos geopolíticos globales, para un mundo que consume 100 millones de barriles de petróleo diarios. No por nada las dos principales empresas que quedan operando en la isla, Rockhopper y Premier, están pidiendo la hora como boxeador castigado en el último round: durante el año pasado, la primera presentó una solicitud de financiamiento a “posibles prestamistas senior” para poder continuar los ‘eternos’ procesos de exploración, mientras que Premier quiere reducir su participación en la Cuenca Norte de las Islas Malvinas, en el marco de un proceso de reestructuración para disminuir una deuda mínima de 2.150 millones de dólares – lo que muestra el irrelevante tamaño y valor de las empresas que operan en las Islas Malvinas -.

Dado el contexto descripto, la grandes preguntas entonces que nos podemos hacer son ¿vamos a continuar presionando en el Comité de descolonización de Naciones Unidas por la soberanía de nuestro país, con una Europa pragmática que ya no levantará la mano automáticamente a favor de los intereses británicos? ¿Se mantendrá la prohibición para que las empresas hidrocarburíferas que operan en las Islas Malvinas no lo puedan hacer en suelo Argentino? ¿Se realizará un control exhaustivo de los productos (alimentos, bienes de capital) que ingresan y salen de las Islas Malvinas a través de nuestros mares y cielos, buscando además la cooperación de nuestros ‘aliados’ del Mercosur ampliado en sus propias jurisdicciones?

O por el contrario, ¿dejaremos que se intensifiquen los vuelos desde y hacia las islas (incluido el inaugurado desde San Pablo hace escasos 3 meses, con escala mensual en el aeropuerto de Córdoba)? ¿Se ratificarán la adjudicación de áreas de las recientemente licitadas Cuencas en el Mar Argentino a las empresas Tullow y Equinor, con enormes intereses cruzados en las Islas Malvinas y el Reino Unido? ¿Se apoyará el acuerdo Foradori-Duncan en términos de remover todos los obstáculos para con la explotación de los recursos naturales que limitan el crecimiento económico y el desarrollo sustentable de las Islas Malvinas, sin mencionar un ápice de la disputa de la soberanía (que por supuesto no harán nunca)?

No debería haber lugar a dudas para con la elección entre ambas opciones dicotómicas, si pensamos en cómo las futuras generaciones de Argentinos podrán sacar provecho en término de los recursos naturales estratégicos como la biodiversidad o los minerales – los cuales son vitales para la industria farmacéutica o la electrónica, solo por citar algunos ejemplos -, que se encuentran en las Islas y su proyección sobre la reclamada Antártida Argentina. Pero menos aún, si la elección se la dejamos a los familiares de los 629 argentinos que fallecieron en la Guerra de las Islas Malvinas.

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